Cuando uno se va a otro país, sea donde sea (en mi caso, obviamente, Inglaterra), las sensaciones que nos acompañan suelen ser de lo más variopintas.
Miedo, certeza, inseguridad, alegría, ganas, pánico, sentido de la aventura...
No sabemos a qué nos enfrentamos, aunque tenemos muchas esperanzas puestas en ello y muy pocas en lo que dejamos atrás a no ser que mejoremos.
Vinimos buscando oportunidades.
Oportunidad para aprender un idioma que siempre se nos había quedado atascado, oportunidad para mejorarlo porque en España poco podíamos hacer, oportunidades laborales de todo tipo...
Y llegamos, o bien de Aupairs, o bien buscando algún tipo de habitación en una casa compartida con 1500 personas para poder permitirnos la vivienda.
Los dos grifos del baño, la moqueta, el idioma, el frío, los horarios, lo "polite" que son los ingleses, la deferencia, la indiferencia, lo que uno empieza a echar de menos un cocido, encontrarte de repente escuchando a Camela en Spotify, echar de menos unas tapas o marcarte un movimiento de sevillanas porque a ti te falta algo estando aquí.
Todo el mundo, (y más hoy en día con las redes sociales) cree que estás teniendo la aventura de tu vida.
Que en menos de un mes ya eres bilingüe, que cobras mil veces más que ellos, que no paras de hacer amigos y salir de fiesta, conocer lugares nuevos...
Cuando la realidad es que como empieces a trabajar en un restaurante (por aquello de mejorar el idioma) a veces en tu único día libre lo único que te apetece hacer es ponerte Netflix tapado con una manta porque no puedes permitirte el tren al pueblo decente más bonito para visitar.
Vale, que este post es algo negativo... llegarán los positivos. Todas las ventajas de vivir en Inglaterra.
Pero... No todo es color de rosa. No es tan fácil. Y olé nuestros cojones por habernos atrevido.
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